Cuando te pierdes con el coche por tu culpa
Desde que se inventaron los coches, ¿qué digo coches? Desde que se inventaron los caminos, perderse ha sido un acto inherente al ser humano. Sí, porque antes de los caminos no te podías perder: si no existe el recorrido bueno, todos lo son por definición. Así que lo que los primeros humanos podían considerar una aventura – o, qué sé yo, salvarse de chiripa de acabar en la caverna del mamut rabioso – se convirtió en una condena. Vale, sí. Me dijiste que fuera a la derecha y me fui al lado contrario porque el cartel me miró raro, y ahora te estoy dando la brasa sobre el origen de la perdición del ser humano para no asumir lo que el poeta Luis Fonsi ya dijo: «No eres tú, no eres tú, soy yo. Échame la culpa».
Nos hemos perdido. Y he sido yo, que no te he hecho caso. Mira que el GPS esta vez no se había confundido, pero es que las calles son así, las ponen complicadas. Las salidas son difusas, los carteles te miran con condescendencia, los árboles despistan, las líneas de la carretera son discontinuas… «Que vale, que sí, Morri, ¿pero quieres dar la vuelta ya?» No lo veo claro. Por aquí no se puede porque es muy estrecho y vienen coches de cara; aquí no puedo hacer la pirula. Espera, mira, el GPS está recalculando.
Recalculando…
Recalculando…
«En esta ruta hay obras en la carretera, ¿quieres buscar una ruta alternativa?»
No será para tanto. Sigamos. Sube la música que ahora está sonando un temazo. De repente, por algún motivo, los coches que se veían a lo lejos cada vez se ven más cerca. Y más cerca. Y más cerca que tienes que ir frenando. Y tanto tienes que frenar que has de parar el coche por completo. Hay una grúa gigante en medio de la carretera moviendo tierras y un señor con chaleco reflectante que mueve un cartelito de «STOP» y «FLECHA PALANTE» para que los coches usen el único carril. El copiloto me mira mal, pero… Al menos hemos parado a descansar un poco, ¿no? Que llevábamos mucho tiempo de viaje. Todo son ventajas.
El viaje cuando te pierdes por tu culpa es una aventura llena de sorpresas, no sé por qué la gente tiene tantos problemas y discusiones con eso. Si ya dicen que lo importante no es llegar, sino los amigos que hacemos en el camino. Por algún motivo inexplicable, cuando te pierdes con el coche, el resto de viajeros del coche no quieren ser tus amigos. Hay un poco de contradicción ahí con los dichos populares. No gusta tanto esto de hacer amigos en el camino. Muy mal.
Cuando el coche consigue avanzar de nuevo y pasar el polvo levantado por las grúas, las apisonadoras y los obreros con señales-piruleta entonces pasas por lugares que nunca habrías imaginado ver en tu vida. Mira este pueblo, qué iglesia tiene. ¿Os habéis fijado en este ayuntamiento? Pues es bonito, eh. ¿Quién hubiera dicho que habríamos visto esta preciosidad de pueblo si le hubiéramos hecho caso al GPS en el primer momento? Si es que la tecnología nos quiere privar de las maravillas de la Tier… «A ver, Morri, que es un pueblo de una calle y cinco habitantes, que la iglesia está en ruinas y el ayuntamiento tiene hasta la bandera rota, por favor». Vale, ok. Aguafiestas.
Y esta es la verdadera tragedia de perderte por tu culpa: la incomprensión. Eso sí, la gasolinera donde me ha abandonado mi familia empieza a tener su encanto.


