La gente que grita al teléfono


“Si estoy hablando flojito”

Cuando empezaron a usarse masivamente los primeros teléfonos la gente aún no se hacía a la idea de que otras personas a muchos kilómetros de distancia podían oirse como si estuvieran al lado. Eso provocaba que mucha gente, casi sin querer, aumentara su volumen de voz mientras estaba al aparato. Muchas veces tenían razón, no se terminaba de oir bien y su interlocutor podía decir la famosa frase: “Se te oye muy lejos, acércate más al micro”. En realidad no estaba más lejos del micro, era que se oía mal por lo que fuese; pero la persona hacía el esfuerzo, pegaba los labios al micro y vociferaba: “¿SE ME OYE AHORAA?”. Y los cristales de la casa estallaban en pedazos.


Así pues, una llamada de teléfono en aquella época parecía más un concurso de pastoreo de ovejas que cualquier otra cosa. Hoy en día ese problema no existe. Normalmente los teléfonos fijos no tienen problemas de sonido y los móviles, mientras la cobertura aguante, tampoco. Pero hay gente que mantiene esa costumbre a pesar de todo, a lo mejor es que lo llevan en los genes. Queda marcado en el ADN y se ponen a gritar en el teléfono como si en vez de tener un móvil de última generación tuviesen dos yogures atados con cuerdas.


Lo peor de todo es que, además, la conversación siempre es de lo más superflua y no le interesa a nadie. Se cumple, pues, la ley de Murphy del cotilla: “El volumen de una conversación será siempre inversamente proporcional al interés de la misma”. ¿O no os ha pasado nunca de estar chafardeando la conversación de alguien y cada vez cuesta más pillar alguna palabra? Venga, no disimuléis, que todos hemos estado en una cafetería por la tarde cuando suena un móvil y todo el mundo calla. “Espera un momento cariño, que no oigo bien la mesa de al lado”


Esto pasa, y además de verdad, en un transporte público. Yo lo he vivido en persona. Un día una mujer con el glamour, estilo y elegancia de una cucaracha con camiseta imperio y bragas de esparto, apareció en el tren y empezó a gritar por el móvil su vida y milagros. No recuerdo exactamente qué decía, pero os aseguro que la conversación no era para gritarla a los cuatro vientos. Intimidades, familiares en la cárcel, insinuaciones sexuales… Todo era el absoluto horror. El vagón entero estaba en un ataque de risa incontrolable y la amiga con la que hablaba tenía la oreja como una pasa a la brasa. Qué aguante debía de tener.


No siempre son este tipo de personajes los que gritan. Hay otros que tienen una extraña manera de entender lo que ocurre a su alrededor. Por temas de la cobertura que se va o por lo que sea hay momentos en los que no escuchas a tu interlocutor. Entonces sucede una conversación así entre el que grita y el que no se le oye:


– “¡¡¡NO TE OIGO!!!”
– “¡¡Pues yo a ti sí! ¡Que me has asustao coño!”
– “¿¿QUÉ??”
– “¡¡Que yo a ti…!! ¡Bah!”
Pip, pip, pip, pip…



Era eso o una visita a urgencias por rotura de tímpano.


Porque después de una conversación así uno termina con los oídos reventados. Poca broma. Un día vino un amigo mío y le digo: “Oye, tío, no te asustes eh, pero… Tu oído está sangrando” Y me dijo: “Sí, es normal, es que acabo de hablar con mi padre el disléxico, que aún confunde teléfono con megáfono, es así”. Mucho ojo, porque estas conversaciones son de lo más peligrosas.


Así que si conocéis a alguien así, no le déis el teléfono bajo ningún concepto. Ni aunque sea un familiar vuestro. Mejor que se asome al balcón de su casa y pegue un par de gritos al aire. Seguro que te enteras. “¡¡TIBURCIO!! ¿TE VIENES AL CINE ESTA NOCHE? ¿OCHE? ¿OCHE?” Usando el eco a su antojo llegan a cualquier sitio. Y lo que se ahorran en facturas de teléfono. Eso, no tiene precio.

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