Boda (I): Pedir matrimonio (antiguamente “la mano”)

No es la proposición de boda más romántica, pero sí una de las más complicadas de conseguir.

El pistoletazo de salida de una boda siempre se lanza a partir de la petición de matrimonio. Antiguamente conocido como pedir la mano porque los hombres iban a los padres de las mujeres a pedirles permiso para casarse con ellas. Una tradición demasiado salvaje que fue abandonada porque las mujeres se hartaron de casarse mancas. “¡Lo de tener la mano era simbólico, ahora no sé donde poner el anillo!” – se quejaban. Así que el tema evolucionó a hacer una petición más o menos formal en la que el hombre – en la mayoría de los casos – entrega un anillo, a poder ser con pedrusco incorporado, a la afortunada pareja. Si ella dice que no, esperamos que no hayas escogido un vuelo en globo de tres horas porque va a ser el viaje romántico más incómodo de tu vida. Si dice que sí, ¡adelante con todo!

Pero claro, ahí estaba yo: ¿cómo iba a pedirle matrimonio a mi coscupiela? Las expectativas estaban altas. Yo no era muy partidario de bodas como habréis podido deducir por antiguos posts del blog, si sois lectores de épocas pretéritas. Pero mi – ahora – mujer sí que lo era y me dejaba caer vídeos del Youtube de señores haciendo cosas muy complejas para pedir matrimonio. ¿Cómo iba a poder competir con eso? Había un vídeo que me quedó marcado de un tío que cerró el puto Disneyland París para hacerle unos fuegos artificiales y que luego viniera Mickey Mouse y sacara un anillo de su propia pBueno, esto último no. Pero cerró el parque. Este tema lo descarté enseguida: uno, porque pedir matrimonio en Disney ya es lo normal. Buscas “disney proposal” en Youtube y salen setenta millones de personas hincando la rodilla con el Pato Donald sorprendido detrás; y dos, porque necesitaría demasiado dinero para sobornar a los seguratas para poder entrar de noche, contratar a la empresa pirotécnica y creo que me daría menos faena organizar la fiesta mayor de mi pueblo.

Y es que la gente se complica muchísimo para estas cosas. He visto vídeos de músicos que aparecen por sorpresa en un centro comercial o incluso un simulacro de asalto en plena carretera, como si un grupo paramilitar los quisiese secuestrar para que cuando la novia ya se ha meado y cagado en los pantalones le pueda enseñar el pedrusquillo. “Que todo era bromi, cariño, que si quieres casarte conmigo” y ella “Claro que sí, HIJO DE LA GRAN PUTA”. Lo normal. Empezando el matrimonio por el final: por los insultos.

Un delfín pide matrimonio y la chica lo ignora vilmente besándose con un humano

Los hay de más clásicos, pero que no dejan de revestir cierta peligrosidad. Es muy típico, casi de peli – aunque estoy convencido que hay muchos que lo hacen en la realidad -, el poner en una copa de cava el anillo y hacer que tu futura esposa se atragante con él. Igual el objetivo no es que se atragante, pero yo creo que debe de pasar en un 99% de las veces. ¿Y no es bonito descubrir en la radiografía en el hospital que tu querido novio quiere casarse contigo? O mejor aún, ¡encontrarte al día siguiente, cuando tus allbran hayan surtido efecto, un bonito diamante entre tus heces! Y tu novio, delante tuyo, con una pinza en la nariz hincado de rodillas declarándote su amor. Se me saltan las lágrimas. En fin, que podría hacer no un post, si no un blog entero hablando solo de propuestas locas de matrimonio.

Vayamos al grano. Al salseo. Lo que queréis. Lo mío. ¿Cómo le pedí matrimonio a mi coscupiela? Bueno, como podéis ver por lo que hace la gente, sorprender a tu pareja no es fácil. Es un trabajo arduo y más si ya vives con ella. Mi plan fue mucho más maquiavélico: hice que creyera durante años que yo no quería casarme. Que a mí las bodas me parecen una chorrada y un gasto de dinero superfluo. Y cuando la tuve convencida, PAM. Petición de matrimonio. En realidad, la cosa fue que empecé a ir a bodas, a hacerme experto en protocolo y fiestorros; y me dije, qué coño. Es prácticamente la única vez en la vida en la que podrás juntar a todos tus seres queridos en un solo lugar para comer, beber y disfrutar celebrando el amor y la vida. ¿Quién podría oponerse a eso?

La cuestión es que cuando decidí darle la sorpresa, a mi alrededor la gente no paraba de decir que se casaba. “Mierda” – pensé – “Ahora me presionará con la boda y parecerá que lo hago porque me lo pide en vez de porque realmente quiero que nos casemos”. Y no dijo nada. Ya lo tenía completamente asumido. Aún así, los amigos tenían tendencia a decirnos que se casaban. Pero a ver, callaros, que ya lo tenía previsto y no quería que se me notase. Que era sorpresa. Que no es tan fácil esconder mariachis en el armario durante dos meses. Total, que conseguí mantener el secreto durante unos meses tratando de hacer la petición formal en la playa de La Caleta. De Cádiz. Lugar precioso e idílico. Pero algo se interpuso en mi camino: mi impaciencia.

Harto de ver pedidas de matrimonio espectaculares de todos los tipos y colores, en paracaidas, haciendo el pino-puente, dibujando los nombres de los novios con el humo de la avioneta… Qué sé yo. ¡De todo! Pues a mí se me ocurrió sobre la marcha simular un selfie en la playa de mi pueblo (Blanes) en pleno diciembre. Un sitio precioso a la par que inesperado. Mi coscupiela no sabía muy bien qué hacía metiéndola en la arena un mediodía de Navidad para hacer una foto a contraluz cuando de repente en vez del móvil saqué una caja. Una caja en la mano enfocando al cielo. Puede que sea lo menos épico que leeréis, pero es lo que hay. Y allí estaba el anillo. Mi balbuceo extraño medio improvisado le hizo indicar que sí: le estaba pidiendo matrimonio.

Ahora había que decidir qué tipo de boda hacer, cuando y cómo. La rueda del bodorrio justo acababa de empezar.

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  1. 18/10/2019

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