Los cumpleaños infantiles


Cuando pasan los años uno empieza a perder muchos recuerdos de cosas que hizo de pequeño. Y yo que tengo memoria pez aún más. Lo que pasa es que muchas veces, hechos actuales nos evocan recuerdos infantiles que creíamos olvidados. Por ejemplo, un, dos, tres, responda otra vez: ir a un cumpleaños de tu sobrino pequeño. Yo tengo un sobrino de cuatro años y medio que como todo hijo de vecino cumple años, obviedad del día. Es curioso ver como cambian las cosas. Al último cumpleaños llegué un poco tarde y no encontraba a mi sobrino. “¿Dónde está?” – pregunté. “Debajo de esa montaña de regalos y papel de envolver, nosotros llevamos media hora buscándolo”.


Sí, hoy en día se les regala de todo. Los propios niños no saben ni lo que tienen. Y los mayores juegan al “a ver quién la tiene más grande” y regalan lo más gordo que pueden, no vaya a ser que el vecino le haya regalado algo más caro. Fomentando valores a los niños, ya se sabe. Lo mejor es cuando uno va a comprarle un regalo al crío en la tienda de juguetes. Ojo que esto es verídico que me ha pasado a mí. Me dirijo al mostrador a pagar un trenecito con cuerda, lo coloco encima, la cajera le pasa el escáner del precio, me dice lo que cuesta, pago y seguidamente me dice: “¿Es para regalo?” “No, señorita, es para mí Le contesto con una sonrisa. ¿Qué le hace pensar que una locomotora con cuerdecita de Playskool no es para regalo? ¡Pues claro que es para regalo hija! Vale que hay gente con síndrome de Peter Pan, pero tampoco es para tanto.


En los cumpleaños infantiles mucha gente tiene tendencia a contratar payasos o magos que hagan de la tarde algo más entretenido para los críos. Algunos contratan a profesionales y otros convencen a algún familiar incauto a que se disfrace. La gran diferencia entre ambos es que unos llevan rodilleras, coderas, escudo y cota de malla; y los otros no. Es evidente que los primeros son los profesionales, que ya saben a lo que se enfrentan cuando van a un cumpleaños infantil. Primero los tratan con cierta indiferencia, luego se sorprenden con algún truco y cuando más despistado está el payaso o el mago termina siendo asaltado, atado y apalizado por pequeñas fieras sin amaestrar. Qué bonito es trabajar con niños.


Algunos también osan poner una piñata para que los niños sacien su violencia intrínseca y zurzan a palos a un pobre huevo colgante. La piñata consiste en darle golpetazos con los ojos vendados hasta que se abra y deje caer caramelos, aunque a veces ante tales golpes no se sabe si caerán chucherías o caramelo Royal desecho para echarle al flan. La piñata la inventó alguien que creyó que era buena idea dar a unas pequeñas fieras unos palos largos con los que poder golpear. Y aquí está de nuevo la diferencia entre un payaso profesional y otro que no. Si hay un profesional contratado en cuanto ve la piñata empiezan a resonar los neumáticos de su coche ipsofacto. Si no… ¿Alguna vez habéis comido las chucherías cerebritos?


Pero sin duda lo mejor de todo de un cumpleaños infantil es la merendola. Antes las madres dedicaban toda una tarde a crear bocadillitos, poner ganchitos, patatas fritas y todo tipo de snacks además de las bebidas. Ahora en algunos casos se contratan empresas de catering, mucho menos romántico, pero más cómodo para la madre eso sí. Los niños, tanto antes como ahora, siempre ansiosos por experimentar, aprovechaban la ingente cantidad de bebida para crear nuevos inventos. A todos nos parecía una cosa originalísima, pero en todo el planeta todos los niños hacían absolutamente lo mismo: coger coca-cola, fanta naranja y fanta limón y hacer un mejunje único. ¡Era el mega-cóctel infantil! Claro que después de aquella mezcla los niños podían formar un coro para cantar el cumpleaños feliz sólo con eructos. Un espectáculo.


Aquella mezcla especial hacía sentir a los críos una experiencia prácticamente religiosa. Yo no sé cómo no ha patentado ese mejunje la Coca-cola Company y lo ha vendido como bebida especial de cumpleaños. ¡Sin duda triunfaría! Además, tenía un efecto tan grande en los niños, que no se conformaban bebiéndola directamente, ¡sino que encima mojaban los ganchitos! Ganchito en colanaranmón. Debería patentar este nombre: Colanaranmón, la bebida del montón. Una vez que los niños se habían zampado toda la merendola y bebido todos los cóctels, se marchaban a casa dejando tras de sí a un payaso en ambulancia, una piñata desintegrada y un regalo gordo; y se llevaban para casa un dolor de barriga de tres pares. “Mamá, vamos para cas… ¡Beeeurrppp!” Viva las bebidas con gas.


Y así terminaba todo, con la casa llena de confetis, ganchitos por el suelo y el niño que cumple años envuelto sin querer en papel de regalo. Esperando, eso sí, que pase un año para poder celebrar el siguiente, mezclar líquidos y liarla bien parda. Hay cosas que nunca cambian.

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