Ir con niños al cine

“Vais a sufrirrrr MUAHAHAHA”

Dieciocho cero cero. Barcelona. España. Película sublime de Pixar – como viene siendo habitual – en cartelera. Un hombre adulto acompañado de otras personas compra una entrada para disfrutar del espectáculo. Adquieren la entrada en taquilla. Les clavan un sable en la espalda que no deja marca ni huella. Pero duele igual

Dieciocho cero cinco. Acceden al recinto y antes de entrar a la sala, pasan por el puesto de palomitas y refrescos donde podrán recibir un nuevo sable. Con sabor dulzón. Piden un refresco pequeño y se dan cuenta que el refresco pequeño es mediano, el mediano es grande y el grande podrías meterte dentro y bañarte cual piscina con súper-cubitos de hielo. Van a pedir palomitas de las dulces, pero se dan cuenta que hay un señor con mono blanco y brocha encargado de esas palomitas. Siempre hay algún novato que no se ha enterado aún de cómo se hacen realmente.
Dieciocho quince. La cola empezaba en el cine y terminaba en Burgos. Por fin pueden entrar en la sala y buscar sus asientos. Todos miran en su entrada la butaca que les corresponde, cuando al levantar la vista una pesadilla se cierne sobre ellos: Gritos de niños. Niños desbocados correteando por la sala; otros de pie en sus asientos; algunos lanzándose palomitas… Recuerdan, por fin, que han ido a ver… ¡Tachán! ¡Una película de dibujos animados un domingo por la tarde! Lo que podría considerarse, haber ido a ver una película de terror. Nunca está Herodes cuando se le necesita – piensa uno, pero no lo dice por aquello de lo políticamente correcto.
Los que mejor se portan.
Los que duermen.

Dieciocho veinticinco. Empiezan los trailers. No sin primero pasar anuncios. A pesar de que pagaron entrada, sorprendentemente se tragan anuncios. Es más, lo raro es que no los emitan a mitad de película. Pasan los trailers y el griterío de la sala continúa. Algunos padres intentan acallar los chillidos de los niños con ligeros “sshhh” que lo único que consiguen es que los niños se pitorreen y hagan wweeepppes para terminar la frase. La película está a punto de comenzar.

Dieciocho treinta. Aparece el logo de Disney con el castillo. Un niño grita que quiere marcharse pues dice que ya la ha visto. El padre lo retiene como puede. Parece usar cadenas. Los niños ríen con el flexo de Píxar que salta sobre las letras. Un niño parece llorar porque sí. Porque los niños lloran. Y no va a parar durante toda la película. Se oye al padre intentando razonar con el niño: “La entrada cuesta muy cara… Va, pórtate que ya verás como te gusta” “¡Quiero una pelota!” – grita el niño enfurruñado. Así durante hora y media. Por eso deben hacer las películas de niños de no más de hora y media. Es lo máximo que aguanta un padre sin estrangular a nadie.

Dieciocho cuarenta y cinco. Un niño empieza a preguntarle al padre de qué va la película. No se está enterando de nada. Y lo dice a viva voz. El padre intenta explicarle como puede que los buenos son aquellos, los malos son los otros y que hay un animal muy gracioso que hace chistes. El niño dice “ah”, pero sigue sin enterarse. Cinco minutos después vuelve a preguntar. El padre se graba en una cinta de cassette y le da al play cada cinco minutos para no gastar saliva. Nuestros sufridos asistentes desearían haber pedido vino junto con la Coca-Cola para emborracharse y olvidar.

El cine es suyo

Diecinueve quince. “Papá por qué” es la frase más oída. “Papá, ¿por qué van hacia allí si se van a encontrar al malo?” Y el padre intenta explicar. Podría mandar a callar al niño, pero no. Decide dar explicaciones. “Porque tienen que investigarlo todo a foooondo” – le dice con cierto deje de cansancio. “¿Y por qué no llaman a la policía?” “Emm, porque la policía tiene mejores cosas que hacer que ir a una peeeeli” “¿Y papá, por qué cantan?” “En las pelis de Píxar no cant… Un momento, ¿por qué coño están cantando?” Uno de nuestros sufridos asistentes no entiende por qué la figura del acomodador está en desuso, ya que podrían acomodar a ese padre en una silla aparte. De esas que dan a una palanca y libera electricidad. De alto voltaje.

Diecinueve cuarenta. Un niño se está meando. El padre le insiste y le dice que a la película le falta poco. Que pronto podrá mear. El niño dice que no puede y que no puede. Y vuelve a repetir por enésima vez que se está meando. El padre saca el vaso de refresco grande, lo pone en el suelo y le dice: “Mea aquí mismo”. Una madre que hay al lado se escandaliza y empieza a gritarle de pie formando un espectáculo sin precedentes.

Diecinueve cincuenta y cinco. La película acaba. Nuestros compañeros de viaje solo han visto las sombras de las discusiones reflejadas en la pantalla de cine. Saben, eso sí, que la madre escandalizada ha llamado al marido para que se bata en duelo con el padre del niño meón. Todo termina siendo noticia de portada en Informativos Telecinco.

Al salir del cine nuestros sufridos acompañantes se dan cuenta de un cartelito que hay a la entrada que pone: “Niños gratis”. Ahora lo entienden todo. Estaba lleno de niños porque es una peli de dibujos, un domingo por la tarde y encima, daban entradas gratis para los niños. Mientras discuten eso entre ellos, se dan cuenta de que no era exactamente así al acercarse a la entrada. Lo de niños gratis era porque los padres, después de desesperarse durante una larga hora y media, están regalando los niños al primer incauto que pase…

Di la tuya

  1. 28/01/2013

    […] en el tiempo. Pongámonos en situación. Esas primeras veces en el cine con tus padres. Ahora a los niños los llevan al cine cuando aún están mamando de la teta, da igual que hagan ruido. Más ruido […]

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