Los grandes traumas de internet

No hace muchos días, los chavales jóvenes de ahora – sí, ya soy ese tío, este blog me ha visto envejecer – se sintieron traumatizados porque una famosa pitonisa enseñó, sin mucho rubor, su parrús en prime time televisivo. Fue un efecto sorpresa de una falda con un vuelo poco casual, un desliz por la audiencia que hizo sangrar los ojos de los adolescentes de este país. En las redes sociales hablaban del trauma sufrido, ignorando que esa misma mujer ya nos traumatizó – porque hace 15 años ya era señora – cuando en Hotel Glam se metió en un solarium como su madre la trajo al mundo. ¡Será por emociones fuertes!

Cuando vi los comentarios que se sucedían sobre el tema, pensé: ¿estos chavales sabrán lo que es un trauma de internet de verdad? Sueno a viejo todo el rato, pero es lo que hay. Los cuarenta se acercan a pasos agigantados. Hace veinte años, cuando internet aún no se había masificado, a los chavales que empezamos a acceder a este mundo se nos abrieron las puertas del averno. Internet daba todo un mundo de posibilidades, pero también se convirtió en un paraíso de libertad extrema donde cualquiera podía enseñarte una barbaridad que alguien había colgado en una página de Geocities junto a un gif animado de una obra en construcción. Podía pasar de todo.

Y ahí llegó el precursor de los vídeos de reacciones que tanto pueblan Youtube actualmente: ver qué cara pone tu amigo cuando le enseñas la web de Goatse. ¿Sabéis lo que era? No os voy a poner ningún link porque no quiero pasar por esto de nuevo y porque sabéis usar el buscador. Solo diré la palabra maldita: Goatse PUNTO cx. Recomiendo, antes de hacer cualquier búsqueda de este tipo, tener el antivirus actualizado. Si no salta porque haya un troyano, igual salta por las fotos. Goatse… Pues qué decir de Goatse. Goatse era todo lo que podrías soñar cuando tienes cuarenta y ocho de fiebre y estás a punto de ver la luz al final del túnel. Goatse era una puerta al infierno delirante de color carmín y una campana colgandera que anunciaba la llegada de los jinetes del apocalipsis. Sí. Goatse era un ojete. Más bien un ojetazo. Rojo, hambriento, con un amenazante péndulo por detrás. El horror, amigos. El horror.

Mi experiencia con Goatse fue en clase de Informática del bachillerato. Un compañero que decía ser mi amigo me sugirió que fuera a ver lo que ponía una pantalla que estaba, de forma muy estratégica, de culo hacía mí. Nunca mejor dicho. Cuando dí la vuelta a la mesa y me planté delante del monitor, la imagen me impactó como un flash traumático irreparable. Solo fueron unos segundos de consternación, los que tardé en entender qué era lo que estaba viendo en aquella pantalla. Tras eso, quedó una imagen grabada en el cerebro para toda la vida unida al sonido retumbante de las risas estruendosas de mis, ejem, “amigos”. Tampoco les culpo, ellos ya habían pasado por el mismo trago antes. Era un trauma viral que quien lo sufría lo transmitía a los siguientes incautos.

Algún compañero siguió investigando sobre Goatse y encontró otra web donde había muchas más fotos en el que aquel ano tragaba de todo. Regaderas, conos, todo lo imaginable. Era como el bolsillo mágico de Doraemon, pero al revés. Por extraño que parezca, este compañero siguió con su vida y pudo terminar una carrera, incluso. Hay estómagos para todo.

Pero la cosa no acabó aquí. No, no. El segundo gran trauma de Internet para mí, tuvo un funcionamiento similar. También en clase, esta vez de la universidad y también en una pantalla de un “colega”. Estoy hablando de un vídeo sobre dos chicas. Dos chicas… Y una taza. ¿Sabéis de qué os hablo? Tampoco os voy a poner ningún link, pero si no lo sabéis el vídeo consistía en dos chicas que al empezar parecían gustarse. Y hasta aquí pudieron explicar mis “colegas”. Yo no entendía muy bien por qué querían enseñarme un vídeo porno en el intermedio de dos clases, pero saqué a la luz mi risa tonta y empecé a verlo. Unos segundos después lo entendí todo rápidamente. Las risas a mi alrededor también tronaban. Por suerte, no me hicieron aguantar el vídeo entero para grabar mi reacción como estos cabroncetes.

La cosa iba de coprofagia. Con una música muy idílica, pero añadiéndole mierda a borbotones. Las chicas se alimentaban y se untaban de material fecal como si fueran crepes de Nutella humanas. No sé qué más pasaba porque me he negado mucho a continuar viéndolo. Podría hacer un esfuerzo por el blog, usar la excusa de documentarme para escribir el texto y verlo hasta el final; pero es que escribo gratis aquí. Y sufrir eso para hacer una descripción gratuita cuando podéis verlo, y disfrutarlo si es que os va el rollo, por vosotros mismos sería una tontería. Bastante traumatizado estoy ya. Y los chavales horrorizándose con el chumino de la Aramís… Ay… En Internet del 2000 os quería yo ver. (No me veis caminar, pero tras esta frase me voy caminando encorvado levantando el bastón hacia el cielo).