Los terrores del Delta (IX): La trampa

En el anterior capítulo: [Los terrores del Delta (VIII): La búsqueda del Señor de los Mosquitos]

Me había olido. Sus mosquitos ya me conocían. El día anterior me habían atacado en la puerta de la casa rural y no iban a perder la oportunidad de volver a alimentarse de mi sabrosa sangre. La forma humana empezó a deshacerse y creó de nuevo el enorme enjambre. Estaba preparándose para atacarme. Mi reacción no podía ser otra que correr en dirección contraria. Y corrí. Grité a viva voz para que Cristina hiciera lo mismo, pero no hacía falta: ella también huía como si no hubiera un mañana. Sus zancadas eran cortas y los mosquitos podían atraparla en cualquier momento. Por fortuna para ella, no era su objetivo. Venían a por mí. Saltamos entre la maleza, sorteamos todo tipo de troncos en el suelo, golpeamos con mil piedras en la oscuridad y, a pesar de todo, el zumbido ensordecedor de los mosquitos estaba cada vez más cerca. No sabíamos por dónde podían aparecer, oíamos su presencia por todas partes.

Sin embargo, no podíamos parar de correr. En cualquier momento nos atraparía y no teníamos ni idea de lo que haría con nosotros. No había antihistamínico en el mundo para superar una segunda picadura del Señor de los Mosquitos. Cristina me buscaba con la mirada y yo no sabía verla. Estaba demasiado pendiente de la inminente llegada del monstruo ancestral del Delta. La niña empezó a gritar, haciendo retumbar su estridente voz infantil por toda la zona.

— ¡¡La pata de conejo!! ¡¡Usa la pata de conejo que te dio mi abuelo!!
— ¿¿Pero cómo?? ¿Para qué? ¡Es solo un amuleto! — le contesté.
— ¡¡Apriétala!! ¡¡Apriétala!! — chilló, repetidas veces.

Y lo hice. Hice caso a la niña y la apreté con todas mis fuerzas. Lo que pasó a continuación jamás lo pude explicar de una forma racional, como tantas otras cosas que me habían ocurrido en aquel lugar. El tiempo se ralentizó. O así lo sentí yo. De repente, Cristina se movía a cámara lenta y a través de las pequeñas esquirlas de luz lunar que atravesaban la vegetación podía observar a los mosquitos moviéndose muy lentamente. Tan lentos que si hubiera tenido una lupa podría haber observado el aleteo constante de sus alas diminutas. Entonces lo entendí todo a la perfección. No debía dejarme llevar por la inverosimilitud de la situación. Debía actuar.

Me acerqué a la barca corriendo y cogí la trampa que me dio el Chamán. Adelanté unos cuantos pasos desde mi posición, agarré el palo alargado y lo planté en el suelo. La tierra estaba un poco blanda y húmeda, así que aproveché para rodearlo con fango y asegurar que quedaba bien quieto en el piso. Estático. Esparcí alrededor del palo la red—mosquitera de la trampa para que quedara bien distribuida. Encendí la estaca pulsando el pequeño botón que tenía en la parte superior. Un destello azulado resplandeció e iluminó toda la vegetación. De pronto parecía de día y podía ver perfectamente lo cerca que estaba el Señor de los Mosquitos en su forma de enjambre. Corrí unos metros más atrás y me oculté en un lugar más apartado. Una vez estuve bien escondido, volví a apretar la pata de conejo. Y el tiempo volvió a su lugar.

De golpe, el enjambre cambió la dirección. La luz cerúlea cegadora de la trampa llamó demasiado su atención como para dejarla escapar. El olor de mi sangre ya no era tan llamativo como la estaca refulgente. Empezaron a rodear el palo dando vueltas y vueltas, taparon todo el resplandor y dejaban pasar tan solo unos ligeros resquicios de destellos azulados como los llamativos focos nocturnos de las discotecas de ciudades turísticas. Pero la trampa no se elevaba ni cazaba al Señor de los Mosquitos. Debido a los nervios, había dejado el botón de cierre demasiado cerca de la trampa. Ni siquiera me había dado cuenta de que existía. El monstruo empezaba a intentar resistirse a la luz, tratando de luchar contra la naturaleza de los propios insectos, consciente de que aquello no era bueno para él.

Mi cuerpo temblaba como un flan. Estaba atemorizado por un nuevo ataque de picaduras que no sabía si podría llegar a contener. Veía algunos mosquitos escapar de allí, cobrando conciencia propia y marchándose por su cuenta. Estaba paralizado por el miedo. En otro momento y otro lugar hubiera salido corriendo de allí. Sin embargo, mi reacción fue distinta: fui directo hacia el maldito botón. Oí la voz de Cristina chillar espantada desde algún lugar entre la maleza. Puede que fuera una locura, pero con las cosas que me estaban ocurriendo sentía que no estaba viviendo la realidad. Que aquello era otra cosa. Un sueño de Resines. O algo parecido. Sin embargo era real y aunque varios mosquitos sueltos consiguieron picarme en mi carrera hacia el botón, lo pulsé. Fui capaz y activé la trampa. De un plumazo la malla se elevó y atrapó al Señor de los Mosquitos. Ahora era una simple bola en forma de silueta humana en posición fetal. Incapaz de salir por los ínfimos agujeros de la jaula—mosquitera. Ya era mío.

Continuará…

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  1. Patri O. dice:

    ¡Que te j****, Señor de los Mosquitos! A ver cómo acaba la cosa…