Los terrores del Delta (V): El despertar de la magia

En el anterior capítulo: [Los terrores del Delta (IV): La niña]

Me acerqué a la niña de forma muy sigilosa. Había algo de ella que me resultaba escalofriante. Tenía un brillo extraño en los ojos y el pelo era largo, como si le colgaran por su cabeza miles de serpientes enjutas. Llevaba un abrigo para resistir aquellos días invernales, pero ni con treinta capas podía dejar de aparentar su extrema delgadez. Me indicó que me agachara para susurrarme algo al oído. Lo único que hizo fue darme una colleja.

— ¡Vaya! ¡De nada! — dije, con ironía.
— Es nuestra forma de saludar en el Delta — contestó, mintiendo con una sonrisa traviesa.
— Pensaba que cuando os salvaban el pellejo al menos daríais las gracias.
— No me estabas salvando. Estabas superando una prueba. Y muy heroica. Enhorabuena. Te jugaste la piel y yo ni siquiera estaba en peligro — y rio burlándose de mí.
— Muy bien. Lo que tú digas, pero ¿por qué me acabas de soltar una colleja? No tengo el cogote para muchos trotes — respondí.
— Porque no estás preparado para solucionar nuestros problemas. Eres… ¿Cómo decirte? Demasiado… No me sale la palabra… Que no te crees las cosas.
— ¿Incrédulo? ¿Escéptico? — dije, buscando en el diccionario de sinónimos.
— ¡Eso! Escéptitico, escrépito, escéptico. Como se diga — repitió, balanceando sus mechones de pelo de lado a lado.
— ¿Y eso qué tiene de malo? — Pregunté, curioso, mientras sus ojos brillantes escrutaban mi mirada como si me estuviese haciendo un examen.
— Nada de malo, excepto si vas a investigar un misterio mágico. Lo que ocurre en el Delta no se puede explicar con la razón. ¿Qué me dirías si te digo que era imposible que me rozara una sola bola de sal porque me habían aplicado un conjuro?
— ¿Un conjuro? Pues qué voy a decir. Que te lo estás inventando. Que te han dado cuatro bolitas de homeopatía y te has creído Supergirl — contesté, receloso.
— ¿Eso piensas? — Sonrió —. Nuestros hechizos son mucho más fiables que la homeopatía, querido agente… ¿Cómo te llamas, por cierto?
— Andrés, ¿y tú? — respondí.
— Yo, Cristina. Andrés. Perdona que te diga. No sabes nada. La magia es real. Y en el Delta ha despertado más fuerte que nunca. Si no eres capaz de verlo, mejor que vengan otros investigadores y te vayas por dónde has venido. Sería una pena porque has demostrado valentía, pero es lo que hay. — Dijo y se encogió de hombros.

Lo que me faltaba. Valiente niña insolente. Cierto es que los sucesos de los que había sido testigo — e incluso aquellos que me habían relatado — no parecían atenerse demasiado a las leyes de la física y de lo que llamamos “mundo real”, sin embargo me resistía a creer que aquello era el despertar de la magia. Debía de haber algo detrás. Un señor pre-jubilado cuyo hobby es ponerse una máscara de flamenco y perturbar a los vecinos. No podía estar pasando de verdad.

— ¿La magia es real, dices? — balbuceé.
— Sí, esto tiene que ver con los poderes ocultos que habitan en el Delta del Ebro. Los principales elementos que definen al Delta viven en equilibrio desde hace muchísimos años. Siglos, creo. Según me han contado los mayores, años atrás existían monstruos que dominaban los sedimentos que traía el río. Aquellas especies que se hacían poderosas, se transformaban en un ente en sí mismo capaz de dominar grandes extensiones de terreno. Durante los últimos años ha habido una equivalencia de poderes que ha evitado el desastre, pero algo ha pasado que lo ha descontrolado todo. El Delta es un sistema sensible que vive en un equilibrio ecológico muy débil. Esto es posible gracias a fuerzas de la naturaleza que superan nuestra comprensión. Cualquier cambio brusco puede afectarles y desatar el caos. Estamos en un grave peligro.

Arqueé una ceja. Y luego arqueé la otra. ¿Monstruos ancestrales dominando los sedimentos? ¿De qué leches me estaba hablando? ¿Equilibrios naturales regentados por elementos sobrenaturales? Esto estaba por encima de mis competencias. Tendría que pedir un aumento.

— Debes saber que mi especialidad es destapar estafas pseudocientíficas. Si me estás hablando de magia, descubriré quién está detrás de todo esto y está tratando de atemorizar a la población — le dije, cortante.
— Tú mismo — me contestó, con descaro —. Ya te he dicho que el problema que veo en ti es que eres demasiado escéptico de esos. Así no nos ayudarás en nada. Pero tengo una misión y he de cumplirla. El Chamán de las Acequias me dijo que si superabas la prueba debía llevarte con él. ¿Tienes coche?
— ¿¿Quién?? — mi estupefacción crecía a cada segundo.
— El Chamán de las Acequias, que no te enteras. ¿Quieres que te pida cita en el otomano ese, como se diga?
— ¿Otorrino? — contesté, me había convertido sin quererlo en el traductor simultáneo de aquella niña.
— ¡Eso! ¡Que te estás quedando sordo! Lo que te decía, ¿tienes coche o no?
— Sí, está aparcado cerca de la farmacia donde me atacó la boticaria flamenca.
— Oh, no. Has tenido contacto con un FAP.
— ¿Un FAP?
— Un Flamenco Anti-Persona — me aclaró la niña, aunque yo seguía alucinando —. Debemos salir pitando de aquí. Ten, estas son las indicaciones para llegar a su casa. — Cristina me acercó un papel y salimos en busca de mi coche.

El Chamán de las Acequias. Cada nombre que oía me daba peor espina que el anterior. Un chamán. Me estaba adentrando cada vez más en la superchería y menos en la razón. El problema era que todos los indicios apuntaban hacia lo sobrenatural. Estaba atardeciendo y debíamos darnos prisa en encontrar su morada. Al hacerse de noche los problemas se acrecentaban. Amén de lo difícil de orientarse entre la lóbrega planicie.

Siguiente capítulo: [Los terrores del Delta (VI): El Chamán de las Acequias]

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  1. 02/03/2018

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