Fauna del bar

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La ley de vida nos dice que las costumbres van mutando. Los jóvenes llegan para ocupar el lugar de los mayores y demostrarles que la caducidad existe a base de dominar las modas. Lo de “esto ya no es como antes” o “vaya tela la juventú a dónde iremos a parar” se lleva diciendo desde que Sócrates mojaba los trapos – entonces no había pañales de precios desorbitados -. Nos vamos haciendo viejos y dejamos de molar. Y eso nos pasa a nosotros y les pasa también a las cosas. Así, en general. Como, por ejemplo, a los bares de barrio.

Me refiero a esos bares donde la fregona es un ser mitológico, donde las luces tintinean agonizando con un “desenróscame de una vez, por Dios”, donde se ve juventud solo cuando hay partido de fútbol. Ante la vorágine de gastrobares, cafeterías hipsters – llenas de señores con barba, chanclas de dedo y camisas hawaianas – y cocktelerías de diseño donde encontrar el lavabo que te pertenece es un puzzle para mentes despiertas; los bares “DE TODA LA VIDA (MARCA REGISTRADA)” dan sus últimos estertores gracias a la inversión de hombres y mujeres de rasgos orientales. Sí, los chinos están salvando los “Bar Pepe” de toda la geografía española.

Pero antes de que se nos olvide que estos bares existieron alguna vez, antes de que esos señores que los habitan se hagan muy mayores y cambien la jarra de cerveza por la bolsa de la sonda urinaria, necesitamos dejar constancia de esa fauna que pobló esos bares y les dio pedigrí. Por ejemplo:

El señor de los palillos: Parafraseando a la novela de Tolkien, el señor de los palillos es un hombre de mediana edad que acostumbra a dejarse parte de las tapas entre sus dientes para entretenerse posteriormente toda la tarde. A veces uno puede pensar que ese señor, que lleva siempre un palillo de dientes enganchado a la comisura del labio como si de un incisivo de Draculín se tratase, dispone de un paluego histórico entre las muelas de una barbacoa del año 94. ¡Que el paluego ha ido hasta a la mili y te cuenta batallitas y todo! Como podéis imaginar, asomarse a la garganta de ese hombre un día que bostece será como adentrarse en las tierras de Mordor.

El de la tragaperras: No hay bar de postín sin su tragaperras luminosa. Es su banda sonora. Los fans de los bares “de toda la vida (marca registrada)” tienen una lista de Spotify – los más modernos, los que no usan aún la gramola – con los mejores sonidos de esas maquinitas de engullir monedas expertas en destrozar familias de ludópatas. En estos bares siempre había un señor, con una mano apoyada en la parte superior de la máquina – agarrándola, por si se escapa – y la otra introduciendo monedas una y otra vez. Y tirurí, tirurí, clac, clac, clac. Así toda la tarde. El día que la dejaba, aparecía el primer novato de turno que se llevaba todo el premio. Su excusa ante la mala suerte era siempre: “Ahora que la tenía calentita”. Y el tiburón se la llevó. Se la llevó.

jugadores domino gente mayor. Los del dominó: Si algo he aprendido visitando bares “de toda la vida blablabla” es que para jugar el dominó solo hay una regla y es la más importante. Hay que poner las fichas en la mesa dando un sonoro golpetazo a ritmo de CLACA. Soltar pieza, CLAC, poner otra pieza, CLAC. El que la suelta suavemente es eliminado. Los numeritos de las fichas son completamente irrelevantes, ahí gana el que la suelta con más mala hostia.

El borracho: Hay algunos que creen, erróneamente, que la mayoría de habitantes de estos bares son unos alcohólicos. No es así. No, no. Nada de eso. Primero, porque muchas veces como dice la sabiduría general: un alcohólico no es más que un borracho de más de 40 años. Segundo, porque en realidad en estos bares soy hay un borracho que sobresale del resto. Y es el oficial. Va cocido desde primera hora de la mañana y no solo merodea por el bar, sino que también se pasea por los alrededores. Está en continuo peregrinaje hacia la barra y le conoce todo el barrio. Detrás de todo jijí jajá hay un drama familiar, así que camarero, póngale una tónica que a partir de cierto estado ni se va a enterar. Y le hará un favor.

El que entra gritando: En todo grupo humano siempre está el más popular. O el más popu, como dicen los jovenzuelos – ay, qué viejo me siento a veces -. En el bar el más popu es el que habla a voces y entra como un elefante en una convención de fanáticos del dominó artístico. Todo el mundo sabe que ha llegado a la barra. Parece que vaya a invitar a todo el mundo, pero en realidad le gusta ser protagonista y ya. Muchos terminan mirándole con un poco de vergüenza ajena, como ya retrató perfectamente la primera de Torrente: si no saca la billetera para pagar una ronda, el “aquí ha llegado Torrente” solo sirve para echarse unas risas a su costa.

El que da la brasa al camarero: La barra del bar siempre está ocupada por una persona mínimo. Esa persona está allí bebiendo, muy poco a poco, para tener conversación con el sufrido camarero. En realidad, la cosa es más triste y jodida: como nadie ha pasado una bayeta por la barra desde el año 84, ese señor se apoyó un día para pedir un quinto y se quedó completamente enganchado. Como le daba vergüenza decir algo, se quedó dándole charla al camarero y ya ha visto pasar unos veinte diferentes. El chino que hay ahora no le entiende, pero le ríe la gracia porque paga la cuenta. No se sabe de donde saca el dinero, pero la paga. Ahora está mimetizado con la barra cual sirena en un mascarón de proa. Precioso.

Y esto es todo, muy probablemente. Si hubiera más, queda este post abierto de cara a posibles ampliaciones en la versión 2.0 de la fauna del bar. Para todo lo demás, ahí están los comentarios. Estos personajes se perderán, como lágrimas en la lluvia, pero dejarán paso a nuevos habitantes de bares en cafeterías de pitiminí. Los tiempos cambian.

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