El encuentro

En la mente de Eleuterio estaba ella

En la mente de Eleuterio estaba ella

Eleuterio era un hombre casado desde hacía diez años. Su matrimonio era el ideal, con hijo e hija, perro, casa, jardín y hasta alfombrilla de la República Independiente de Su Casa. Pero hacía cuatro meses que Eleuterio no mojaba el churro por más que lo intentaba. Tenía cargamento para poder ser contratado por la Central Lechera Asturiana y de vez en cuando utilizaba sus genitales como puf. Se acercaba a su mujer haciendo el elefante y las poses más sexys que recordaba, pero nada funcionaba. Desde que Palmira encontró su nuevo trabajo nunca encontraba el momento para el sexo. Eleuterio estaba a punto de explotar.

Así que tomó una decisión: lanzarse a una aventura extramatrimonial. Él no quería abandonar a su mujer, por los hijos y porque la quería mucho, pero no podía estar más tiempo de celibato sin ningún motivo. Ni corto ni perezoso, se agarró el cimbel y dio tres botes sobre sus terriblemente hinchados testículos y salió de casa hacia la primera agencia de escorts que encontrase. Ya que se iba a buscar una moza de pago, que fuera por todo lo alto. Momentos después de cerrar la puerta, se dio cuenta de que estaba desnudo – principalmente porque la señora mayor del tercero pegó un grito que se oyó en Honolulu – y volvió a casa a vestirse. Para entonces ya sí, ir a buscar a su escort.

Por las calles iba pensando en quién escogería. ¿A la picarona de Vanessa? ¿A la suave y sensual Sara? ¿A la lujosa Jenny? ¿Cogería a dos a la vez? Ya puestos, ¡a tirar la casa por la ventana! Pero cuando se acercó a la puerta del discreto local – que nada indicaba que fuera una agencia de ese tipo, pero todo el que pasara por allí lo sabía – notó una perturbación en la fuerza. No eran sus sufridos testículos que se habían adelantado al sexo de tanto pensar en ello sino que una cara conocida se estaba acercando a la misma puerta a la vez. Era su suegro. El padre de Palmira. El abuelo de sus hijos. Y en ese momento el tiempo se detuvo.

Ambos se quedaron parados en el tiempo cruzándose las miradas mientras un súbito sudor frío se deslizaba por sus sienes. “Me ha visto” – pensaban los dos. “Pero lo he visto yo a él” – se decían para sí mismos. ¿Qué hacer ante esa situación? ¿Un pacto tácito de silencio? ¿Disimular una extraña equivocación? Aún no habían entrado, pero ambos sabían la dirección hacia la que iba el otro y ambos sabían lo que se iban a encontrar ahí dentro. ¿Y si proponían un trío para poder pagar a escote? No se les podría ocurrir un mejor lugar para poder usar esa expresión. No sabían como salvar esa situación en la que estaban absolutamente congelados. Hasta que la puerta de la agencia se abrió y apareció una despampanante chica en vestido largo, tacones negros y una cara extrañamente familiar.

Era Palmira. El trabajo que le había permitido superar holgadamente la crisis había sido ese y ahí estaba ella, de pie, entrando en el mismo bucle temporal de su marido y su padre, repartiendo las miradas entre uno y otro deseando que todo fuera un extraño y loco sueño. Pero no lo era. Las cenas de Navidad a partir de esa día iban a ser las más interesantes de la historia.

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