Cambiar la funda: La encarnizada lucha entre un hombre y su edredón nórdico

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Leiva Guitis no se podía imaginar en qué berenjenal se había metido el momento en el que decidió sacar la funda del nórdico para lavarla. Había estado postergando el día lo máximo que pudo, pero cuando las telarañas acechaban a la cama y la capa de roña acumulada empezó a abrigar demasiado no tuvo más remedio que ponerla a lavar. Sacarla del nórdico no tuvo más complicación, la mitad se había salido ya y de no ser por la dichosa araña combativa la hubiera quitado mucho antes. Poco tiempo después la lavadora centrifugaba grácilmente al son de la funda, mientras miles de ácaros gritaban de dolor.

Cuando estuvo bien limpia y la lavadora terminó su programa adecuadamente, el señor Guitis la tendió en su balcón para que se secara al sol con la camisa nueva. Hasta ahí todo iba como la seda, no había ninguna complicación y las leyendas que había leído en internet sobre el drama de cambiar la funda a un nórdico le empezaban a parecer infundadas. Pronto se le borraría la sonrisa de la cara. Al cabo de un par de días, cuando se hubo secado bien, Leiva vio cuál era la realidad. ¿Por donde empezar a ponerla? Se preguntó. Y eso solo fue el primero de sus dolores de cabeza.

En cuanto destendió la funda del cordel se dio cuenta de que algo no iba bien. Fijó la mirada en ella y ella en él, sus cenefas de colores le desafiaban. Le miraban como diciendo: “No vas a ser capaz, no tú solo, sin ayuda; soy una funda de matrimonio, ¿qué te has creído, solterón?” Ella era malvada, pero Leiva no se achantó fácilmente así que la cogió por las puntas, la volteó, la volvió a voltear, giró hacia un lado, miró la parte de atrás, miró la cama, miró el edredón, se miró a sí mismo aguantando las puntas de la funda y se arrodilló en el suelo sintiendo la desgracia caer sobre él. “¡No! ¡Nunca podré hacerlo! ¡Cuál es el lado bueno! ¡Cuál!” Y comenzó a sollozar de rodillas delante de la cama de matrimonio.

Pero una voz interior le animó, todos aquellos libros de autoayuda por fin iban a servir para algo. La voz le decía que él podía, que todos podemos si somos fuertes y luchamos con el corazón. Que Dios ahoga, pero no aprieta, o aprieta pero no ahoga, o ser feliz es mejor que una perdiz. No lo sé. Pero le dijo cosas. Cosas que le hicieron más fuerte. Más poderoso. Así que le echó valor y se lanzó a por la funda, metió su mano por dentro hasta llegar a la punta para así unirla con la punta del edredón y enrollarla hacia abajo. Cuando se fue a dar cuenta se había metido dentro de la funda él también. Vuelta a empezar.

La volteó y la revolteó de nuevo para encontrar el punto perfecto y por un momento se vio vestido con toga dictando leyes para la Pax Romana. Pero no desistió, tras varios intentos fallidos en los que intentó meter la funda en horizontal con el edredón en vertical; y otros tantos más en los que la metió del revés, vio la luz al final del túnel con una idea brillante: usar pinzas. Por una vez escogió bien la punta correcta, el lado correcto y el punto justo donde poner la pinza. Una vez sujetada en un lado, colocó la funda en el otro y la magia apareció ante él para brindarle el momento más satisfactorio de la última hora y media de su vida. Leiva Guitis sudaba como no había sudado en su vida y después de una ducha pudo por fin respirar tranquilo. Misión cumplida.

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  1. 22/01/2014

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