Entrevista al que le cayó la flecha de Barcelona 92

Uno de los momentos más míticos de la historia de los juegos olímpicos pasó en el año 1992, cuando Barcelona fue la organizadora. Para encender el pebetero olímpico decidieron no hacerlo de la forma clásica, es decir, un atleta se ponía al lado del pebetero y lo encendía con la antorcha. Más que nada porque nadie quería hacerlo, había algunos que no se atrevían ni a encender los fogones de casa; como para encender el pebetero. “¡El último se quemó las cejas!” – gritaban algunos. Otro motivo fue que el que montó el pebetero lo puso tan alto que nadie llegaba. “Vale, que tenemos a Epi, pero ahí no llega ni lanzando a canasta” – dijeron algunos, no sin acierto.


Para evitar ese mal trago decidieron montar un espectáculo la mar de bonito para encender el pebetero: un especialista en tiro con arco lanzaría una flecha de fuego que lo encendería en todo lo alto del estadio. Y eso llevó al vídeo que os pongo a continuación, para que recordéis lo que pasó:





Pues bien, todo eso es muy bonito. Emocionante, se me pone la piel de gallina y todo. Pero resulta que no entró. La flecha pasó de largo y el pebetero se encendió. No pasa nada, quedó la mar de majo y todos nos lo creímos. El problema grave lo tuvo el personaje que desde El mundo está loco vamos a entrevistar hoy. Después de 18 años de silencio, ha querido salir del anonimato. Hoy tenemos con nosotros a Enrique Madura que recibió el flechazo olímpico en todo el culo.


– Buenas tardes Enrique. Bienvenido a esta web. ¿Todo bien?
– Sí, perfectamente. Después de dieciocho años las heridas ya han cicatrizado. Incluso las morales.
– Explícanos tu experiencia, tú ibas por la calle tan tranquilo y entonces… ¿Te cayó una flecha ardiendo en el culo?
– Así es. Yo soy un amante animal, y por la zona del estadio había una cantidad considerable de palomas. Así que yo estaba dándole de comer a las palomas sin advertir la emoción de la gente. A mí el tema de las olimpiadas me la bufaba bastante. Me agaché a echarles unas migas de pan… Y PAN.
– Uff. La flecha en el culo.
– Exacto. Diana. Diez puntos. Bravo.


– Bueno, se suponía que tenía que acertar en el pebetero.
– Sí, pues no sé yo a donde apuntaba. El tío ese era campeón del mundo o yo que sé, así que… Sabía lo que hacía. Yo no le conocía de nada, creo, pero debía tenerme tirria. El muy mamón, la clavó.
– La clavó… ¿Clavó?
– Sí. En el centro. Y encima con fuego, que no se le apagó. Me quemé el culo y me puse a gritar como loco. Las palomas salieron volando y la gente se me acercó. Después de contenerse las risas – la gente es así – llamaron a una ambulancia. Pero lo peor no fue eso.
– ¿Qué puede ser peor?
– Lo peor es que nadie me creyó. Yo juraba y perjuraba que la flecha de las Olimpiadas se me había clavado en el culo, pero la gente se pensaba que era una excusa y que yo era un pervertido sexual.


– Bueno, tampoco es descabellado pensar que…
– ¡Oiga! Usted no irá a desconfiar de mí también ahora, ¿no? A estas alturas.
– No, por Dios, por eso le dejo este espacio, para que pueda desahogarse.
– Ah, pensaba… Bien, pues nadie me creyó porque todo el mundo vio por la tele que la flecha había entrado en el pebetero. ¡Estaban todos completamente inducidos! ¡Creían que lo que veían era verdad! Pero no, la flecha no encendió el pebetero, encendió mi culo.
– ¿Y una vez llegada la ambulancia qué pasó?
– Me tiré un pedo y le quemé el pelo a un camillero.
– Oh, no. ¿No será verdad?
– Sí, sí. Aún quedaba un poco de llamarada y bueno, ya se sabe lo que pasa con el metano. Así que me quemé aún más. Los gritos se oían hasta en Seúl. Por aquello de poner una ciudad olímpica y tal.
– Emm, ya. Lo pillo. ¿Y no pensaron en apagar el fuego primero?
– Y tanto. Cogieron un extintor y me rociaron entero, pero no se atrevieron a sacar la flecha y quedó un poquito de fuego en el interior que… Bueno. Lo solté a mi manera. Por decirlo fino.


– No, si ya, ha quedado claro. ¿Entonces en la ambulancia aún no le creían?
– Qué va. Me pusieron boca abajo en la camilla y decidieron dejarlo al médico de Urgencias del Hospital. Cuando llegamos allí, no me metieron directamente sino que me dejaron en la sala de espera. ¡Con el culo fuera y la flecha clavada! ¿Usted sabe lo que es que las señoras mayores se le queden mirando con cara de: “Valiente pervertido”?
– Emmm, ¡no, no! Por supuesto que no. Esto… Es muy grave que no lo metieran directamente en un box.
– Bueno, debían pensar que lo hice por gusto, así que decidieron dejarme “disfrutando” un rato más. En Urgencias a veces son unos cachondos.
– ¿Y cuando entró? ¿El médico qué dijo? ¿Le creyó?


– Yo le expliqué mi situación. “Mire, estaba echándole pan a las palomas cuando la flecha olímpica me atravesó el culo”. Y el médico me miró, me dio una palmada en el hombro y dijo: “Mmm… Ya. Ya.” Y se fue hacia fuera del box haciendo un ruido que sonó más o menos así: “Pprrrrfffffffffff HAAAAA HAHAHAAAA”. Los médicos no son mucho más serios que los enfermeros, ya se lo digo yo.
– Debieron creer que era la excusa más absurda que se habían encontrado nunca. Piense que se encuentran de todo.
– Ya. ¡Pero yo no era así! Nunca me había gustado meterme objetos en el ano. Al menos hasta entonces…
– Emmm, sí. Bueno. Creo que no tengo nada más que preguntarle. Su situación ha quedado bien clarificada. A estas alturas todo el mundo sabe que la flecha pasó de largo y que usted tenía razón.


– Gracias por esta oportunidad. Necesitaba contarlo. ¡Necesitaba soltarlo! ¡Dios! ¡¡Escuchadme malditos camilleros!! ¡¡No fue Cupido graciosillos!! ¡No estaba jugando a los indios con mis sobrinos! Y… ¿Sabéis? ¡¡¡No tiene gracia disfrazarme de vaquero americano!!! Hijos de p…
– ¡Vale, vale! Es suficiente. Ya se ha desahogado. Espero que le vaya muy bien la vida a partir de ahora y vaya con cuidado… Ejem, cuando se agache.
– Lo haré. Esta experiencia marcó mi vida. Sniff, ¡deme un abrazo!
– ¡Tranquilo, tranquilo! Bueno, terminamos esta entrevista ya. Que tenga usted un buen día.
– Gracias, igualmente. ¡Os quiero! ¡Os quiero! Y por favor, si me estás leyendo, arquero, ¡¡dame tu teléfono… ladrón!!


Y así terminó la entrevista. Se fue caminando, con una ligera cojera. El momento de la flecha le marcó. La incomprensión social hizo el resto. Esperemos que gracias a esta entrevista, Enrique Madura pueda ser de nuevo aquél que fue alguna vez antes de agacharse a echarle de comer a las palomas…

2 dicen la suya

  1. David dice:

    La flecha no tenia que haber entrado! hubiera sido muy dificil que entrara, los organizadores tan solo pretendian que la flecha encendiera la nube de gas que se desprendía!

  1. 07/05/2012

    […] próxima tengan muchas cosas que hacer… Porque subir y bajar muebles podría considerarse un deporte olímpico. Yo estuve por proponer hacer carreras contrarreloj para ver quién conseguía subir las baldas […]

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