Un estudio revela que los lavabos con luz automática acumulan más gotas en la tapa del water

Dramatización
Dramatización

Un estudio de la universidad de Vancouver, a cargo de los profesores Jaime Adita y Joseph Inda Sec, ha revelado que los lavabos que disponen de luces con detección automática de movimiento terminan conteniendo más gotas en la tapa del water que los lavabos con luz con interruptor convencional. Al parecer, el hecho de que la luz se apague en un momento indeterminado del chorro hace que los hombres terminen desviando su punto de mira y dejen la taza del water pintada de gotelé amarillo.

El estudio ha sido llevado a cabo por dos prestigiosos urólogos canadienses tras encontrarse múltiples inodoros públicos de aquí y allá detectando a simple vista esta anomalía. Tras arduos meses de estudio con chimpancés se acercaron a su conclusión. “Primero entrenamos a unos cincuenta chimpancés a mear de pie y dentro de la taza del water, lo que nos costó unos tres años de trabajo y un divorcio muy costoso” – comentó el doctor Adita.

solucion_mear_fuera“Seguidamente metimos a la mitad de chimpancés en lavabos con luz de interruptor y a la otra mitad en los de luz automática, pudimos observar como los simios empezaban a ponerse nerviosos en cuanto se iba la luz y meneaban su cuerpo al ritmo de San Vito como locos por temor a la oscuridad. Al encenderse la luz aquello parecía un cuadro abstracto del MACBA – prosiguió el doctor, no dejando muy bien de paso a los cuadros abstractos del MACBA.

Después de los estudios con chimpancés, pasaron a los humanos y constataron que no había mucha diferencia de comportamiento. Los humanos hacían el baile de San Vito no por miedo; sino por intentar volver a activar la luz. Tras esos espasmódicos movimientos las gotas del pipí volaban libres por el aire del lavabo hasta alcanzar cualquier lugar excepto el hueco dando lugar a un water impracticable para el arte de defecar. Tras este estudio los doctores han lanzado una campaña en Change.org para que la gente mee sentada en los lavabos con luz automática para evitar males mayores.

Su tarea no acaba aquí, actualmente están inmersos en un nuevo estudio en el que pretenden demostrar que los lavabos de los trenes son una auténtica porquería porque el traqueteo hace imposible acertar en la taza. Seguiremos informando. O no. Seguramente no.

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Ir a un paintball

paintball fail
“Debí mirar las instrucciones”

Últimamente es bastante habitual que cuando vas a celebrar una despedida de soltero o un cumpleaños termines con un “morao”. O varios. Porque no hablo del típico “morao” como sinónimo de ir “ciego”, sino literalmente morado por todo el cuerpo. Es una señal clara que en la celebración habéis pasado por un paintballa guerrear como buenos soldados de la pintura, como por ejemplo.

Hace un tiempo fui a un cumpleaños así. El cumpleañero nos invitó a un campo de paintball para que nos hicieran un cuadro abstracto sobre los monos que te prestan allí. Lo primero que aprendí en cuanto nos parapetamos con el mono, la pistolita y las gafas de buceo es que si alguna vez tengo que ir a la guerra, seré el típico que enseña la foto de la novia y muere a los dos segundos de empezar la batalla. Porque igual que en el paintball, si tú eres inexperto en batallas no puedes ir al enemigo a pedirle que olvide lo aprendido en todas las anteriores que lleve a cuestas. No me dejaron ser “azúcar”.

Parece fácil, pero no. Apuntar, disparar y no ser visto no se hace sin entrenar. De ahí que no manden a nadie a una batalla sin al menos haber tocado un fusil primero. Pero tú vas al paintball de novato y es muy probable que pilles por todos lados. Así que en la siguiente partida, para al menos aguantar un poco más: ¿qué mejor que parapetarse en zona segura y hacer de francotirador? ¿Y si te vas moviendo entre la maleza e intentas acabar detrás de las líneas enemigas en plan infiltrado? Yo lo intenté, asomé la cabeza un poquito y de repente todo lo vi de color azul. Mis gafas estaban pintadas. Así no “jubo”.

Por suerte para mí había varios campos de combate porque esperar fuera y ver cómo los demás se disparaban entre sí no es muy divertido, así que para el siguiente intenté ser más precavido. Y aguanté hasta casi el final. Incluso atrapé a un osado que intentó rodearnos por detrás alcanzándole con el sexto o séptimo tiro que lancé. Sí, no juego a shooters por lo mismo: mi puntería es muy parecida a la de El Dioni borracho. Al final terminé con morados en las piernas tras una incursión a lo loco bajo las líneas enemigas. En una guerra no me lo verán hacer, como mucho me encontrarán en enfermería alegando ansiedad. Que se maten los demás.

La experiencia eso sí es frenética y divertida. Y cansada. Las pistolitas pesan aunque no lo parezca y te hartas de correr. Haces unos cuantos paintballs al mes y te pones fuerte y todo. Ni running ni leches. A pegarte tiros de mentirijilla que pican, pero no duelen. O no mucho. Bueno, depende.

Y si os pilla en Madrid, aquí tenéis un paintball.

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Los ritos de la buena suerte al hacer un brindis

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No falla, cada vez que intento brindar con alguien por cualquier motivo aparecen ante mí los famosos ritos de la buena suerte. Si no los haces a rajatabla tendrás mala suerte en el amor, no querrá fornicar contigo ni Carmen de Mairena borracha o tu salud se resentirá y vendrá a curarte Ana Mato en persona. Todas un drama absoluto, sobre todo si te hacía ilusión lo de tirarte a Carmen de Mairena borracha. Así que cada vez que voy a brindar siento ante mí una presión enorme. ¿Y si no brindo bien, QUÉ?

Porque hay muchas maneras de fallar con el rito adecuado. Hemos hecho trabajo de campo con mi equipo de investigación formado por un ornitorrinco punky con sombrero mexicano y un señor de un pueblo de Soria que se sentaba en la puerta de su casa a ver la gente pasar. Que lo vi y me dije: “Yo a este lo ficho, que este se fija”. Y sí, gracias a este estudio concienzudo he podido saber todo esto:

– Que quien no apoya no folla. Tenéis que apoyar el vaso en la mesa antes de beber y después de brindar. Con cuidado de no apoyar y beber a la vez o brindar apoyado o cosas así. Fácil y sencillo y para toda la familia. Lo curioso es que lo único que pretende asegurarte este rito es la parte negativa: si no apoyo no follo, ¡pero nadie me asegura que si apoyo el vaso luego follaré!

brindis- Que hay que mirar a los ojos mientras se brinda y se bebe. Y si no miras… Tampoco fornicas. Todo va por ahí, no os preocupéis. Si sois curas os da igual todo y brindáis mirando para otro lado, a lo Laudrup. “¡Me la suda todo! ¡No follaré igual!” Por eso brindan al aire con la sangre de Cristo. Están de vuelta de todo.

– Que hay que dar un sorbo a la copa después de brindar. Es decir, si brindas y apoyas la copa, pero luego no bebes ahí la has cagado. Hay que beber. Aunque sea mojar los labios. Sino da mala suerte, pero sin especificar en qué.

– Que hay que brindar con la izquierda para tener buen sexo y con la derecha para tener salud. Yo brindo con las dos a la vez, por si acaso. Y ya en este punto me empiezo a estresar.

– Que no hay que brindar jamás con agua, ni con vasos de plástico ni con el vaso vacío. Y ahí no me pillan. El agua para regar las plantas bien, para beber en una noche de juerga no tanto.

– Que las mujeres solteras tienen que brindar primero con los hombres si quieren abandonar la soltería. Ojo que esto me ha dejado bastante picueto porque me imagino a un grupo de amigas solteras que cuando salen de fiesta no brindan entre ellas nunca, por si acaso. O si brindan van detrás de los hombres como locas: “¡Brinda conmigo mocetóooóón!” Métodos de ligar extraños, pero existen.

Mirando a los ojos. Todos menos Lily...
Mirando a los ojos. Todos menos Lily…
- Y atención la más interesante la que dice que hay que brindar con las copas viejas, tirarlas al suelo y luego brindar con copas nuevas. A mí cuando me dijeron esta fui a casa de un colega y le pregunté después de brindar: “¿Las copas son nuevas o viejas?” Y me contesta: “Viejas”. Cogí y la tiré al suelo justo después del último sorbo. Él perdió una copa, yo perdí un amigo. ¡Pero si era para tener buena suerte!

Claro, llega un momento en que si los juntas todos terminas haciéndote (o metiéndote en) un lío considerable. Imagínate que eres mujer soltera y has de buscar un hombre con un vaso con el que poder brindar, que no sea de plástico, que lleve alcohol, darle un sorbo después de brindar pero tener un sitio para apoyar el vaso primero y mirarle a los ojos fíjamente mientras brindas con las dos manos por lo que pueda pasar y terminas haciendo aquello de arriba-abajo-palcentro-y-padentro dando lugar a graciosos equívocos. ¡Un lío!

Los ritos se ponen tan complicados que es imposible seguirlos. Y quizá ahí está el truco: siempre es culpa tuya de que el rito no funcione. El rito da buena suerte, si tú no eres capaz de hacerlo es problema tuyo. Por ejemplo, para que tengas buena suerte en la vida tienes que brindar con el pie derecho haciendo el pino mirando al nordeste cuando el sol se pone, con una ramita de romero en la mano derecha mientras te hace cosquillas el de la izquierda y te tiras un pedete que no huela. ¡Si no lo haces bien no follarás en 20 años! Igual te miran raro cuando brindes con tus amigos, ¡pero son 20 años! ¡Hazlo!

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Ir a un restaurante japonés

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Muchos dicen que no saben diferenciar por los rasgos a un chino de un japonés. Es más, tu cuñado va a llamar chino a cualquier japonés que vea por la calle. O a un vietnamita. Le da igual, ojos rasgados igual a chino. Aunque haya nacido en Albacete. Chino y punto. Pero eso sí, para diferenciar un restaurante chino de uno japonés no hay confusión que valga. Simplemente te asomas un momento, miras la parte derecha de la carta y enseguida te darás cuenta de que has ido a parar a un japonés.

Son caros, sí. Su fama se la han ganado. No es lo mismo tener atún y salmón de alta calidad para ponerlo crudito que animales de procedencia desconocida. No seré yo quien ponga en entredicho a los restaurantes chinos que yo he comido mucho en ellos. Es más, ya sé como detectar uno de buena calidad. Si hay gatos merodeando por las manzanas de alrededor es que ese chino no es de fiar. No es bueno.

La cruda realidad
La cruda realidad
Lo que sí tienen en común los japoneses con los chinos es su afición a comer con palillos. Es una tradición que no han abandonado desde tiempos inmemoriales y me parece muy bien porque son perfectos para hacer dieta. Está la dieta de la alcachofa, la del cucurucho, la del Dukan y luego la de los palillos. Tú ponte a comer con palillos cada día. Un bistec, por ejemplo. Acabas tan hasta la po, que lo dejas todo y no comes. Y adelgazas. Y te mueres por inanición y eso, ¡pero no se puede tener todo en esta vida! ¡Lo queréis todo! ¡Insaciables!

Pero por lo visto comer con palillos la gente lo hace. Y sabe. Que comen hasta arroz. Si caben tres granitos entre los palillos, ¿cómo es posible? Pues se lo comen. Y tú llegas al restaurante con tu cara de novato, coges los palillos con miedo como si tuvieras en las manos un arma de destrucción masiva y los intentas coger como puedes. Parece fácil, pero la primera vez es dura. Os recomiendo una cosa: si vais a comer en grupo a un japonés con gente que ya sabe comer con palillos, ¡pedid tenedor! ¡O los palillos atados como si fuera una pinza! O no comeréis nada. La dieta y eso está muy bien, pero pagaréis a escote. No digo nada y lo digo todo.

A mí me pasó. Yo intentaba comer con los palillos y no se respetaban los turnos ni las piezas que tocaban a cada uno. Tonto el último. Por eso dice la gente que en los japos pasa hambre, ¡pues depende de con quien vayas! Yo os recomiendo ir con vuestras parejas que es mucho más llevadero. Contáis las piezas, tantas para cada uno y si se te desace el sushi por el camino, se te cae el pescado entero en la salsa de soja o los camareros te piden que por favor no coma el sashimi encima de los zapatos de los vecinos comensales; no pasa absolutamente nada. La próxima pieza estará ahí para ti, esperándote encima de la mesa. E igual tu novia está comiendo su otra bolita de arroz entre las patas de la mesa mientras tanto.

restaurante japonés kibukaEl otro problema grave que te puedes encontrar si vas a un restaurante japonés sin experiencia previa ni un acompañante que sepa es que te pierdas en su carta. Llegas allí y lees cosas como Yakisoba, Sashimi, Maki, Tataki, Nigiri, Uramaki, Tempura de Songoku… Que yo a veces no sé si estoy leyendo una carta de un restaurante o la alineación completa de un partido de Oliver y Benji. En algunos te explican un poco qué es lo que lleva para que se entienda, pero hasta que no lo tienes encima de la mesa no sabes lo que has pedido. Luego está todo que te cagas de bueno, pero es un poco Sorpresa, Sorpresa. “¡Y tenemos aquí a Ricky Martin!” “Oiga que esto no es lo que yo había pedido” “Sí, sí, usted ha pedido Sukulito Sakayama; qué aproveche” Y no te puedes quejar.

A pesar de las vicisitudes luego disfrutas realmente de la comida. A veces da hasta cosa comerla de lo bien preparada que está. Hay gente que se tira toda la noche allí mirando el plato. Que viene el camarero preocupado y todo: “¿No le gusta?” “No, sí, sí, espere que no he encontrado el enfoque perfecto para Instagram” “Vamos a cerrar” “¡Un segundo! ¡Estoy creando!” En serio, se nos va de las manos lo de hacer fotos a las comidas. Pero si no os importa gastaros un poquito más – con cuidado, eso sí que si se os va la olla el ticket se puede disparar – es totalmente recomendable ir a uno. Eso sí, llevad los zapatos limpios por si voy yo y tengo que comer el arroz en la lengüeta. Gracias.

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¿Por qué se “tocan” los hombres y las mujeres? (Encuesta acabada)

Muchos diréis: “¡Por fin! ¡Se termina la encuesta eterna!” Y sí. Llevaba desde el año pasado con esta encuesta en la que os preguntaba por qué os masturbáis, dando por hecho que todo el mundo lo hace. Después de 451 votos he pensado, ¿qué menos que hacer algo especial? ¿Y si en vez de desglosar los votos tal cual, os presentara los datos en una infografía? Pues aquí los traigo, separaditos entre sexos, ¿por qué se masturban los hombres? ¿Por qué se masturban las mujeres? Pues principalmente porque os ponéis cachondos. Veamos los resultados:

masturbación hombres

Sí, oh sorpresa. Se masturba todo quisqui y cualquier momento es bueno para ello. Excepto esos diez hombres que afirman no tocarse y me llaman cochino. De ahí se deduce que estos hombres no tienen internet y a su vez poca imaginación. O quien sabe, ¿y si son del Opus y por las noches se fustigan con el cilicio? Aunque si eres masoquista quizá eso es una forma de masturbarte, así que no cuenta. Por otro lado hay que tener en cuenta que muchos hombres se masturban simplemente porque no tienen con quien fornicar, ¿eso significa que cuando se echan novia ya no se la menean? ¿Seguro?

Y las mujeres, ¿se comportan igual? Pues casi.

masturbación mujeres

Resulta que hay un porcentaje mucho más alto que me llama guarro y niega masturbarse. Que no hace esas cosas. Que sus dedos son vírgenes y puros. Y el dildo gigante de la esquina también. Lo juran. Sin embargo un enorme 40% se masturba porque simplemente se pone cachonda. Sí, las mujeres no necesitan excusas, un 15% se masturba porque sí y un 40% por estar cachonda. Les da igual si están solas o no, lo hacen por gusto. Da la sensación de que al final en la masturbación masculina hay más sentimiento de culpa y de derrota que en el de la mujer que lo hacen por simple y puro disfrute.

Y así quedan los resultados y os dejo una nueva encuesta que no sé hasta cuando durará. Dure lo que dure, espero vuestros votos ante una de las preguntas más escatológicas que he hecho en esta web: ¿Miráis el papel de water justo después de limpiaros? ¡Ale! ¡A votar!

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Lo detienen por eyacular en el café de su compañera de trabajo

Dándole "vida" al café
Dándole “vida” al café

Si algún día monto un bar – que lo dudo mucho, pero quién sabe la vida da muchas vueltas – le llamaré Café Lación. Igual estoy dando ideas para que alguno más loco que yo las aproveche y se forre vilmente; pero no importa, tengo más ideas. El caso es que ese bar temático sobre el sexo dispondría de camareros y camareras que cuando pidieras un café “con leche” te lo sirviera o bien desde un pechote o bien desde un cimbel. De mentira ojo, que quiero tener clientes y no aficionados al bukkake. La cuestión es que si montara el susodicho bar jamás contrataría al protagonista de la noticia loca de hoy por motivación excesiva: el señor de la ferretería que eyaculaba en el café de la compañera.

Había una vez un muchacho de Minnessota que se había enamorado de una minessotiense, minessotana o como se llamen allí las muchachas. El chico se insinuaba sutilmente lamiendo sus labios libidinosamente o haciéndole el gesto de la V con los dedos. La moza había amenazado con denunciar al acosador por ser un pervertido y un colgado, pero nunca jamás imaginó que pudiera llegar tan lejos. Un día la chica lo sorprendió haciendo gestos sospechosos sobre su escritorio. Nuestro protagonista, llamémosle Jonha Bosuelto, estaba dejando la marca como los perricos. La chica había notado hacía tiempo que su escritorio rascaba un poco, pero lo achacaba a los típicos mocos. Daba asco, pero menos.

Así pues la muchacha llamó a la policía y se lo comentó: “Oiga miren que tengo un compañero de trabajo que se corre en mi mesa”. Lo habitual, ¿quién no ha tenido el típico compañero pesado que te deja su semilla en la mesa? El típico que tiene mala leche, vamos. Total que una vez en comisaría el chico confesó que había eyaculado cuatro veces en su escritorio y dos… ¡en su café! Para demostrarle lo mucho que le atraía. Me da que Johna estaba mirando el manual del ligón equivocado. Me lo imagino en su casa mirando el manual con el pene en la mano y diciendo: “¿Qué puede estar fallando? ¿QUÉ? ¿Es porque no tomo suficientes vitaminas?”

El hombre puede ser condenado incluso a un año de cárcel y una multa de 4500 dólares por ser un depravado y por hacer a su manera los café macchiato. La chica comentó que había notado hacía tiempo un sabor raro en el café, pero lo achacó a que la crema estaba en mal estado. A partir de ahora la leche condensada no la verá de la misma forma.

[Noticia original]

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Buenos propósitos al empezar el curso

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Septiembre es un mes en el que se pueden empezar dos cosas: o un curso o una colección de figuritas de porcelana chinas en fascículos. Pero hoy en día, seamos sinceros con nosotros mismos, no hay dinero para chuminadas y lo mejor es hacer algo productivo. Mirar por el futuro y esas cosas que ahora se lleva. Antes no, antes – hijo mío – todo era Carpe Díem. Ahora es “haz un curso o algo que nunca se sabe, que está la cosa mu má”. Así que llega septiembre y un día te ves haciendo un curso de guitarra, de inglés o ¡incluso un curso de educación infantil a distancia! Que la verdad, viendo lo salvajes que son los niños yo también les educaría a distancia. “Sí, niño, ponte allí en aquel árbol a trescientos metros que ya te daré clase por el iPad”

Todo son buenas intenciones en estas fechas. Es como si fuera un segundo fin de año. Aunque a final de año las propuestas son mucho más locas debido a los altos efluvios etílicos que se desprenden. A la gente en septiembre le da por pensar en hacer cosas mucho más factibles: cursos de cocina, macramé, punto de cruz o cupcakes (un día hablaremos de esto); sin embargo en fin de año la gente se propone cosas tan salvajes como dejar de fumar o ir al gimnasio. ¿Es que no aprenden? La mejor manera de cumplir uno de esos propósitos es decir que no lo harás: “Este año no iré al gimnasio”. Y cómo los propósitos de año nuevo no se cumplen, ¡magia! Irás. No, no irás. No te engañes.

Sin embargo el curso escolar nos anima y nos motiva. Ver a esos niños felices y contentos de abandonar esos dos meses y medio largos en los que se han tocado los huevos a dos manos para llegar al colegio a ver a sus amiguitos, a que les pongan deberes y a darse de leches en el patio. Tan felices que luego cuando es la hora de salir todos salen corriendo como si les estuviera persiguiendo un monstruo de tres cabezas. Pues eso nos motiva a hacer cursos y formarnos: entramos igual de felices y salimos a la misma velocidad. ¡Un poco de voluntad! ¡Los cursos están para terminarlos! Esto no sé si os lo digo a vosotros o es una especie de recordatorio mental.

A mí se me ocurren siempre ideas locas cuando empiezan estas fechas y justo es cuando menos tiempo tienes. No os independicéis, es una trampa. Luego tienes que hacer un montón de cosas en la casa. Yo pensaba que la ropa caía al suelo de mi habitación y luego aparecía limpia, planchada y doblada en el armario por arte de magia. Y resulta que no que hay un proceso ahí por medio un poco tocahuevos. Pero aún así hemos de proponernos esfuerzos para los próximos meses. Ah, sí, estoy escribiendo una novela. Metedme presión para que la termine. A ver si así.

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A la vejez, Facebook

"Uy, mira como se le nota a Paqui la dentadura postiza"
“Uy, mira como se le nota a Paqui la dentadura postiza”

El momento más temido por un joven hoy en día cuando accede al Facebook es encontrarse con la peor solicitud de amistad que puedes recibir: la de tu padre. O de tu madre. Lo mismo da. Es el momento de abrir o no la puerta hacia tu mundo de amistades con todo lo que eso puede implicar. Tus padres son esas personas – probablemente junto a tu novia y ex‘s – que saben más cosas vergonzantes de ti. ¿Estáis seguros de darle la llave de los comentarios inesperados?

Sí, porque si de algo son expertos nuestros padres es en hacernos pasar vergüenza delante de los demás. Ya no es cuestión de mostrarles o no tu vida fuera del hogar, que también; sino de que cualquier hecho relatado en Facebook puede recibir un comentario que te deje en pelotas. Por ejemplo, te etiquetan en una foto tuya en actitud cariñosa a la par que etílica con una muchacha y tu padre de repente comenta: “Ay, menos má, ya pensábamos que nos habías salío maricón”. Y claro, vergüenza, comentarios indignados de gente que tacha a tu padre de homófobo, polémica… ¡No queráis esto en vuestros muros!

Encontró su pareja de pasodoble en Badoo
Encontró su pareja de pasodoble en Badoo
Por cuestiones de privacidad no creo que os preocupe, eso sí. Es curioso como cuando somos adolescentes nos cuesta horrores contarles a nuestros padres lo que andamos haciendo por la calle, sin embargo en Facebook saben hasta la hora en la que vamos a cagar. Si ya llenamos Instagram de fotos de comidas, ¿cuánto falta para que se ponga de moda colgar fotos de nuestro resultado? La típica foto de “aquí, sufriendo”; pero contigo en el trono apretando fuerte. “#cacagram”. Lo veo.

E igual las generaciones más jóvenes están acostumbrados a esto. Al fin y al cabo los padres de adolescentes de hoy en día son generaciones que han vivido la evolución de Internet en su madurez. Muchos de ellos, incluso, obligan a sus hijos a agregarles en las redes sociales para darles permiso para crearse una cuenta. En mi generación ya no es tan así, nuestros padres son mayores y vienen del mundo analógico, es decir: no vienen enseñados. Resumen, hay que enseñarles. Argh.

Es tremendamente difícil enseñar conceptos que tú tienes asimilados y normalizados a gente que no tiene ni puñetera idea. Corres el peligro de decirle que abra una ventana y termines con una ventolera en la habitación bastante considerable. O que cierre la pestaña y te diga que no ve nada con los ojos cerrados. O que le digas que guarde un archivo en una carpeta y coja el monitor para meterlo en un carpesano con pegatinas de Toi que tenías por casa. Todo mal.

Aunque no lo creáis, los ordenadores todavía son un misterio para muchos padres. No llegan al punto de creer que es magia, pero casi. Pero una vez han asimilado estos conceptos nuevos relacionados con la informática y no arman un cipostio con ventanas, pestañas y carpetas entonces aprenden a subir fotos al Facebook. Y olvidan completamente el concepto de privacidad. Lo suben todo. Da igual como sea la foto y como esté. Es curioso como tanto los mayores como los adolescentes tienen el mismo criterio para su privacidad: ninguno.

"Quita ezah fotoh der feisbu cojonah"
“Quita ezah fotoh der feisbu cojonah”
Ambos colectivos suben fotos con la misma ligereza. Aunque al menos a los mayores no les perjudicará una foto de borrachera a la hora de buscar trabajo. No sé si es porque no han vivido la época de internet en la que se usaban nicks y en los que la gente no se atrevía a dar su apellido ni para comprar online. ¿Comprar online? ¿Estamos locos? ¿Quién se atrevía hace diez años? Eso sí, al camarero del restaurante le entregábamos nuestra tarjeta de crédito con alegría.

Y ahí que están nuestros mayores informatizados. Quién lo iba a decir. Con los móviles smartphone la cosa se ha ido más de madre, nunca mejor dicho, cuando han descubierto la magia del Whatsapp. Aunque tengan la barrera del teclado, claro. El otro día vi que mi madre me estaba mandando un mensaje en el Whatsapp porque ponía “escribiendo…” Me quedé esperando durante veinte minutos pendiente de la novela que imaginaba que tenía pensada para mí. Yo animaba con pompones desde casa. “¡Dame una h! ¡Dame una o!” Finalmente me llegó su importante mensaje: “Hola“. Espero que nunca jamás intente avisarme de una emergencia por Whatsapp.

Pero todo esto no es más que una celebración de la masificación y la normalización de Internet. Que una herramienta tan útil sea por fin abrazada por la mayoría de la población no puede ser otra cosa que una buena noticia. Hace 15 años éramos unos bichos raros los que nos conectábamos a Internet con un bononet de 50 horas mensuales en horario reducido, hoy el raro es el que no tiene internet… ¡En el móvil! Lo que son las cosas.

Y no, papá, lo siento, no voy a aceptar tu solicitud de amistad en Facebook. Pero te quiero igual, eh.

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